Provinciales

La pirámide de Colonia Liebig y el centenario de la cooperativa yerbatera

En Colonia Liebig, Corrientes, una réplica de la pirámide de Karlsruhe guarda la historia de los inmigrantes alemanes que fundaron la cooperativa hace 100 años. La entidad es dueña de la marca de yerba mate Playadito, líder del mercado argentino.

Por WebMaster 3 min de lectura44 visualizaciones
La pirámide de Colonia Liebig y el centenario de la cooperativa yerbatera

En Colonia Liebig, una localidad de Corrientes pegada al límite con Misiones, hay una pirámide. No es un monumento antiguo ni un capricho: es una réplica de la pirámide de Karlsruhe, la ciudad del sudoeste de Alemania de donde provenía buena parte de los fundadores de la colonia. La construcción original está en la plaza del mercado de esa ciudad y alberga los restos de su fundador. La de acá se levantó para que los inmigrantes y sus descendientes tuvieran "un pedacito de su tierra natal", según cuenta Cristina Siwicieki, empleada de la Cooperativa Liebig y descendiente de aquellos colonos.

Una historia de cooperativismo y yerba

La historia de Colonia Liebig arrancó después de la Primera Guerra Mundial. Las familias que llegaron buscaban una mejor calidad de vida y cruzaron el océano con poco más que sus pertenencias esenciales. Antes de partir ya habían organizado una cooperativa, llamada Nueva Karlsruhe, para encarar el asentamiento en Sudamérica. El destino previsto era Paraguay, pero el proyecto no prosperó allí y el grupo terminó en el norte correntino, muy cerca de Apóstoles, Misiones, donde hay varias firmas yerbateras de renombre.

La organización inicial se disolvió, pero las familias de colonos siguieron juntas. Dos años y medio después de llegar a esa porción de selva volvieron a constituir una cooperativa, tomando como base la primera experiencia y su estatuto. Fue el 19 de diciembre de 1926. Este año la cooperativa cumple su centenario.

En sus primeros tiempos se la conocía como la cooperativa alemana. Después se incorporaron productores de origen polaco y ucraniano de la vecina Apóstoles. "En la actualidad somos un crisol de razas", resume Cristina.

Dentro de la pirámide, que originalmente era un monumento cerrado y fue transformada en 2006 para permitir la visita, las fotografías y las herramientas reconstruyen la historia de la yerba y de la marca que desde hace un par de años es líder del mercado. Se puede ver un antiguo barbacuá y un rodillo de madera con dientes que se usaba para triturar las ramas ya secas. En esa época todo era más artesanal: el secado de la hoja verde requería paciencia, el calor debía ser suave y el trabajador tenía que dar vuelta el material. Un fuego demasiado fuerte podía arruinarlo todo.

Durante sus primeros cincuenta años, la cooperativa llegaba hasta la elaboración de yerba canchada. Le faltaba completar el proceso industrial y poner en el mercado un paquete propio. Ese salto llegó a fines de los setenta, con la puesta en funcionamiento del primer molino. En 1979 salió el primer paquete de Playadito, la marca que terminó haciéndose un lugar en los mates argentinos.

Madera, miel y un supermercado con historia

La marca es la cara más conocida de una organización con varias actividades. Cristina enumera otros flancos: producción de granos, ganadería, apicultura, una planta de extracción y fraccionamiento de miel y un aserradero. De allí salen madera para vender, chips que generan el calor necesario para secar la yerba y pallets utilizados en el proceso de envasado.

Hasta el supermercado de Liebig tiene una historia de respuesta colectiva frente a una dificultad. Según recuerda Cristina, surgió en tiempos de crisis, cuando mucha gente cobraba su salario en bonos del gobierno provincial. La cooperativa los aceptaba a su valor nominal, sin descuentos. Fuera de allí, "nos descontaban el 50% del valor de nuestros bonos", relata.

Pero quizás el dato más revelador de la recorrida pasa por el rescate de la esencia cooperativa. La entidad cuenta con una juventud cooperativista desde la década del cincuenta, que sigue activa. Varios de los productores que llegaron a ocupar cargos de conducción pasaron antes por ese espacio. Cristina lo define como un semillero donde se afianzan "el esfuerzo propio, la ayuda mutua y la solidaridad".

Ese aprendizaje comienza todavía antes. La Fundación Liebig, que también depende de la fabricante de Playadito, administra el Instituto Educativo Cooperativo Crecer, donde los valores cooperativos se trabajan desde el nivel inicial. Desde quinto y sexto grado, los alumnos tienen clases teóricas sobre cooperativismo y llevan adelante una cooperativa escolar. Los docentes acompañan como guías, pero son los chicos quienes deben hacerla funcionar. "Es un estilo de vida", explica Cristina. "Cuanto más temprana edad comenzamos a conocer, son mejores los resultados".

La pirámide, que conserva objetos que hablan de los abuelos y bisabuelos, termina siendo un punto de partida: la conversación sigue en los chicos que hoy aprenden a organizarse.

Comentarios

Ingresá para comentar — leer es gratis, comentar también.

Todavía no hay comentarios. Sé el primero en opinar.

Notas relacionadas