Una productora logró cultivar yerba mate en armonía con árboles nativos
Violeta tiene su chacra en el nordeste de Corrientes, donde está radicada la mayor parte de los productores asociados a la cooperativa de inmigrantes alemanes que se acerca a cumplir su centenario de vida.
Por WebMaster 2 min de lectura1.894 visualizaciones

Hace casi 100 años un grupo de inmigrantes alemanes dio inicio a la cooperativa Liebig, que hoy está enfocada en la producción de yerba mate, aunque en sus comienzos los colonos se las rebuscaron para pagar, con lo que pudieron, las chacras que habían recibido para colonizar esa zona del norte de Corrientes.
El abuelo de Violeta Hauck, quien es hoy heredera de esa tradición y trabaja como comunicadora del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), fue uno de los fundadores que compraron con el arroz que iban cosechando las hectáreas que loteó la firma ganadera inglesa Liebig.
Ese grupo de inmigrantes, cuenta Hauck al sitio Bichos de Campo, “vino con la intención de replicar aquí la localidad de la que provenían y tenían un proyecto cooperativo escrito que dio inicio en 1926 a la cooperativa Liebig Limitada, con la que llegamos hasta hoy manteniendo los principios cooperativos y respetando la doctrina del asociativismo porque si no, no se puede crecer”.
Violeta tiene su chacra en el nordeste de Corrientes, donde está radicada la mayor parte de los productores asociados a esta cooperativa que tiene 96 años. La mayoría de ellos posee entre 35 y 50 hectáreas, aunque algunos cuentan con hasta 70, según la productora yerbatera.
Ella trabaja la tierra con una visión económica pero también sentimental: “No estoy tan interesada tanto en producir tantos kilos por hectárea, no estoy tan pendiente de eso, sino en mantener esta unidad económica que es un legado familiar al que cuido con mucho afecto porque mis abuelos estuvieron ahí”.
Para cumplir con ese objetivo decidió no apelar a la mecanización de la cosecha de yerba, pues eso obligaría a reservar el lote solo a este tipo de plantas y no permitir su convivencia con otras especies.
En su caso, las máquinas no pueden ingresar y la cosecha entonces es manual.
“Soy defensora de tener árboles nativos, como el lapacho”, definió. Esto, consideró Violeta, trae aparejado además beneficios para el cultivo de la yerba.
“Me doy cuenta, al mirar la yerba en zonas sombreadas por árboles, que da mucho mejor la planta, produce más, no se estresa tanto en épocas de seca como fue esta Niña, donde la radiación solar quemó muchos yerbales. Nosotros tuvimos buena producción porque le dimos otro manejo”, aseguró.
En su lote, Hauck además sumó otra tecnología: “el fertirriero”. Se trata de un desarrollo israelí que ahora no puede utilizar por los problemas que hay para importar insumos.
“De todos modos, en mi paraje viene lloviendo bien y no lo necesitamos”, agregó.
La yerbatera señaló: “En lo que más me focalizo es en el cuidado de la planta en sí. Se puede hacer yerba sin árboles nativos para evitar la competencia y es totalmente válido. Tengo muchos amigos que lo hacen.
Lo mío es una decisión personal”, finalizó.
El abuelo de Violeta Hauck, quien es hoy heredera de esa tradición y trabaja como comunicadora del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), fue uno de los fundadores que compraron con el arroz que iban cosechando las hectáreas que loteó la firma ganadera inglesa Liebig.
Ese grupo de inmigrantes, cuenta Hauck al sitio Bichos de Campo, “vino con la intención de replicar aquí la localidad de la que provenían y tenían un proyecto cooperativo escrito que dio inicio en 1926 a la cooperativa Liebig Limitada, con la que llegamos hasta hoy manteniendo los principios cooperativos y respetando la doctrina del asociativismo porque si no, no se puede crecer”.
Violeta tiene su chacra en el nordeste de Corrientes, donde está radicada la mayor parte de los productores asociados a esta cooperativa que tiene 96 años. La mayoría de ellos posee entre 35 y 50 hectáreas, aunque algunos cuentan con hasta 70, según la productora yerbatera.
Ella trabaja la tierra con una visión económica pero también sentimental: “No estoy tan interesada tanto en producir tantos kilos por hectárea, no estoy tan pendiente de eso, sino en mantener esta unidad económica que es un legado familiar al que cuido con mucho afecto porque mis abuelos estuvieron ahí”.
Para cumplir con ese objetivo decidió no apelar a la mecanización de la cosecha de yerba, pues eso obligaría a reservar el lote solo a este tipo de plantas y no permitir su convivencia con otras especies.
En su caso, las máquinas no pueden ingresar y la cosecha entonces es manual.
“Soy defensora de tener árboles nativos, como el lapacho”, definió. Esto, consideró Violeta, trae aparejado además beneficios para el cultivo de la yerba.
“Me doy cuenta, al mirar la yerba en zonas sombreadas por árboles, que da mucho mejor la planta, produce más, no se estresa tanto en épocas de seca como fue esta Niña, donde la radiación solar quemó muchos yerbales. Nosotros tuvimos buena producción porque le dimos otro manejo”, aseguró.
En su lote, Hauck además sumó otra tecnología: “el fertirriero”. Se trata de un desarrollo israelí que ahora no puede utilizar por los problemas que hay para importar insumos.
“De todos modos, en mi paraje viene lloviendo bien y no lo necesitamos”, agregó.
La yerbatera señaló: “En lo que más me focalizo es en el cuidado de la planta en sí. Se puede hacer yerba sin árboles nativos para evitar la competencia y es totalmente válido. Tengo muchos amigos que lo hacen.
Lo mío es una decisión personal”, finalizó.
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